¿Has alguna vez encontrado al dios perfecto en un ser imperfecto?
¿Has alguna vez adorado el mundo por el sólo hecho de alguien está también en él?
¿Has alguna vez entregado todo cuanto poseías para darte cuenta que era más de lo que tenías pero sigues buscando algo más que dar?
¿Has alguna vez despertado con una sensación de inmensidad en el pecho como si todo el universo cupiera en una mirada?
¿Has alguna vez temido al tiempo y la inercia de la vida que inevitablemente con todo cuanto inicia termina?
¿Has alguna vez llorado con toda el alma hasta que cada lágrima parece desgarrar todo lo bueno que había en ti y el recuerdo de aquel a quien amaste se convierte en veneno que corre por tu venas?
¿Has alguna vez deseado dejar de respirar porque es menos doloroso que ver tus días pasar en su ausencia?
¿Has alguna vez intentado odiar lo que amaste para que tu odio amaine la agonía que vive tu alma?
¿Has encontrado lo que es realmente el amor? ¿Cómo saber que es real si no puede definirse, si depende de las circunstancias de cada corazón?
Nadie enseña a amar, pero yo he amado con todas mis fuerzas, más allá de edades, de tiempos, de distancias. Retando las formas e ignorando los convencionalismos no hay pruebas ni evidencias, pero no por eso fue menos real, fue verdadero porque tuvo un inicio y un final en el que de alguna forma no ha terminado y nunca lo hará.
El amor deja marcan indelebles en el alma porque cuando trato de recordar el momento en el que sentí el amor por primera vez puedo evocar el segundo exacto, y percibir el aroma que nos rodeaba, y sentir lo que sentí aquella vez; porque aunque el orgullo y las circunstancias caben fosas nunca habrá tumba que entierre totalmente a alguien que amas, porque quiere decir que viva o muera, que duela o no, valió la pena.
Aquellos que aclaman que el amor es incontenible, incontrolable, lo confunden con la obsesión, con la necesidad de depender de una mentira que se cree realidad porque se siente bien, pues si bien es cierto que algunas veces no es posible darse cuenta de cuándo empezó el sentimiento, siempre se puede encontrar el momento exacto cuando debes tomar la decisión de seguir a tu corazón hasta sus últimas consecuencias o bien refugiarte en la razón.
El corazón podrá entregarse y negarse a voluntad, pero el amor verdadero está condenado a su final; puede reconocerse porque siempre termina y aún así es eterno y no tiene finales felices, pero sabes que es real porque duele, y porque aunque siempre supiste y temiste que acabaría, aceptas la herida y te hallas agradecida con el destino por quién la inflingió.
El amor verdadero es aquel que te enseña a sonreír al dolor y a llorar por alegría, es el que destroza tus esquemas y te hace resurgir, porque después de él nunca serás la misma; es el que vence tus defensas y a pesar de todo te deja con el valor y la fuerza para sobrevivir, te deja con un recuerdo que atesorar lo suficientemente poderoso para vivir.
El momento llegará en el que la felicidad te inunde del más inminente miedo, porque de algún modo sabes que todo está destinado a convertirse en bruma, en sombras que te sigan a todos lados y en la cuales podrás refugiarte del abrasador ir y venir de la vida, pero que por más que las persigas no podrás aferrarte a ellas, porque tarde o temprano se desvanecerán con el ocaso del destino.
El amor verdadero está destinado a acabar porque sólo así se vuelve real, porque es a través de la idealización que encontramos consuelo en lo que tuvimos y nos fue arrebatado, porque no nos encadena, nos enseña a seguir adelante.
El amor verdadero tiene que acabar, porque sólo se vuelve eterno cuando se guarda en el corazón y en el recuerdo, intacto, antes de que las cargas de la realidad y los embates del tiempo lo consuman. Es por eso que tienes que dejarlo ir, porque lo amas tanto que no te atreves a condenarlo a que la vida se encargue de opacarlo, porque prefieres que sobreviva etéreo, a que muera enfermo de realidad. Y de tu renunciación viene precisamente la confirmación de que es real, porque ahora lo llevas contigo a donde vayas, porque lo contemplas por las noches y te arranca suspiros que te llevan a él en sueños, y lo conviertes en tu credo de día, dándote fuerzas para seguir.
Ese es el destino de los que elegimos amar, entregar la vida por lo que dure el sueño, apostar la existencia al hecho inevitable de que pronto tendremos que dejarlo ir, de que estamos condenados a algún día dejar de ver el cielo en sus ojos para encontrarlo entre las estrellas el resto de nuestra vida...y gustosos aceptamos el pacto, firmamos nuestra condena, y nos disponemos a vivir, que al fin y al cabo habrá de terminar, pero eso ya será otro día...