
Otro 14 de febrero. Me desperté con la misma idea con la que me despierto desde hace 23 años (o por lo menos los 12 que recuerdo) de que este día era como cualquier otro.
Aceptémoslo, normalmente soy una activista de la cordialidad en el día de los corazones y cursilerías perdonadas por ser el nombrado día del capitalismo en color rojo. Sin embargo, no puedo negar que año tras año me veo arrastrada por toda esa corriente de gente que parece acordarse de lo importante que es amar y ser amado y acabo festejando este día como todos los demás, o al menos eso creía yo, pues este año pasé más tiempo analizando que festejando.
En mis estudios presentes y los recuerdos de años pasados, he logrado encontrar que en este día se pueden ver claramente tres grupos de gente, y a falta de algo mejor que hacer, compartiré mis observaciones:
Están los que resignadamente se atrincheran en el lugar más oscuro que se encuentran a rumiar su pena de no tener pareja, y ya sea que incrementen su odio por la fecha y destruyan cuanto arreglo rosadito se cruce por su camino o se prometan conseguir alguien para "el año que viene" y unirse a la gran corriente de acarameladas parejas, ven la llegada de Sn Valentín como una maldición largamente anunciada.
El segundo grupo son los imparciales, los que les vale un soberano cacahuate estar rodeados de globitos, besos y arrumacos y se pasan el día como cualquier otro, aunque esforzándose visiblemente por volverse ciegos por un día. Estos especímenes suelen ser el resultado de años y más años de prometerse (y no cumplirse sea dicho de paso) la tan necesaria pareja y por lo tanto convertir la frustración en valemadrismo, o bien de haber salido recientemente de una relación y estar curados de espanto.
Dentro del tercer grupo se encuentran los enamorados y los amantes de la amistad.
Esta aglomeración de gente parece haber despertado con la idea de que el mundo venía en paquetes rojos y rosas y se pasan el día haciéndo malabares para que sea perfecto. Por un día ese defecto que no soportan, la pelea del día anterior, pasan a segundo término y todo lo que queda es la dicha de estar juntos.
Todo es rojo, incluso el balance de gastos del día siguiente luego de una cena y unas rosas que salieron tres veces más caras de lo normal.
Yo pertenezco -o pertenecía- a éste grupo. Verán, yo solía disfrutar de este día dando y recibiendo detallitos de mis amigos y familia y era de lo más feliz en mi rosa, capitalista, fresa (o posh como dicen por aquí) existencia. Incluso me las arreglaba para peleame con mi novio un par de días antes y así salir de reven con mis amigas, otras amantes de la amistad, pero ya no más.
Y es que aquí, en el bellísimo país de los tiesos (guapos, pero tiesos), no conocen que demonios es un día de la amistad, y todo se reduce a dos que tres "valientes" que se atrevieron a darse la mano en la calle y a un montón de cachondos que abarrotan los dormitorios pasadas las 9.
Nadie duerme esa noche, ni siquiera los flatmates que sin deberla ni temerla han tenido que pasar toda la noche escuchando gemidos y golpes en la pared (razón, dicho sea de paso, por la cual estoy frente a la compu en vez de en mi cama), y que ya tienen dolor de oído por poner la música tan alto.
Oh si! de vivir en un país donde la vida sexual de pareja era entre tu, tu pareja y el que le vende los condones (ah! y el sacerdote si se es muy mocho), estoy viviendo en un país donde yo soy el bicho raro por negarme a participar en su aportación a la explosión demográfica.
Pero mañana (sólo unas cuántas horas más por suerte!) será otro día, y todos volverán a sus existencias rutinarias donde la uni no está plagada de corazoncitos, los flats no están llenos de parejas y el sexo es más silencioso...
Hasta entonces yo seguiré leyendo, que al fin y al cabo mis amigas, las que si saben que es un día de la amistad, me han mandado lindos mails llenos de todo aquello que yo solía festejar.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario