
Yo sabía que había ventanas y todo un mundo más allá de ellas, pero jamás había querido mirar...
Ya sabía que habían puertas, oportunidades infintas que jamás había querido tomar...
No bastó con abordar un avión a lo desconocido e instalarme en un mundo nuevo, tuve que atreverme, y por fin aprendí a abrir los ojos, a tener el valor de mirar, a deleitarme...
Para mí el mundo dejó de ser una sucesión de imágenes y suposiciones para convertirse en un remolino de aromas y sensaciones, de experiencias que me han llevado a encontrar la puerta, a atraversarla, a vivir lo que hay más allá de su umbral.
Ya no tengo miedo de asomarme y emprender nuevos caminos sola, a enamorarme de lo que encuentre en el camino y no volver a verlo; ya no temo a vientos desconocidos, porque ahora sé que donde sea que pise soy perfectamente capaz de dar el siguiente paso con seguridad, sin arrepentimientos...
Ahora sé que no hay montaña tan alta que no pueda ser escalada ni abismo tan profundo que no pueda ser sorteardo; ya nada me detiene, porque he aprendido que aunque la luz se esconda puedo brillar, que aunque quieran atarme puedo volar, que aunque caiga siempre puedo volverme a levantar...
He encontrado dónde pertenezco, no es a lugares ni a momentos, sino a sueños, y a donde sea que éstos me lleven. Ya no temo remontarme al viento, porque ahora conozco la más reconfortante y absoluta libertad más allá de fronteras, jaulas y limitaciones; una libertad que no nace de la ausencia de normas, miedos y fracasos, sino de la certeza de ya habrá un mañana para intentarlo otra vez, y de que pase lo que pase, estaré bien...
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