Hoy salgo de Madrid. Debo de confesar que al venir aquí no sabía que esperar...estaban las incontables predisposiciones negativas y la odiosa incertidumbre, pero ciertamente no pensaba llegar a quedar encantada por esta ciudad tan maravillosa, pero sobre todo por su gente.
Llegar ahí me transportó inmediatamente a la capital de mi hermosa patria pero sin los defectos que la consumen: la contaminación, la delincuencia, los grafitis y la plaga chilanga...los nacos.
Madrid es como el árbol del que la semilla de la arquitectura mexicana brotó, tan llena de edificios majestuosos, callejones adorables que se enlazaban en caminatas mágicas y terminaban siempre en otra plazita llena de la alegría de los madrileños.
La lente de mi cámara capturó cientos de bellos lugares, pero mis ojos fotografiaron más que los edificios, aprehendieron el alma de esta vibrante ciudad tan llena de lo mejor de dos mundos, los razgos europeos con el calor latino.
Pero Madrid no sólo me dió vistas turísticas, de ella me queda sobre todo el cariño de aquellas a quienes conocía, mi recién adquirida familia española, y a quienes ahora quiero aún más, y de aquellos que no eran más que nombres sin rostro y ahora se han convertido en pedacitos de mi corazón que se quedan en esta tierra pero que al mismo tiempo llevo conmigo.
Está Lolly, mi anfitriona dedicada, y su singular familia. Su abuelita de principios e ideas férreos; sus tíos guardianes seguros pero afables y graciosos que saben convertir el más tenso de los momentos en uno lleno de alegría y que te dedican su tiempo para hacerte sentir en casa...
Pero están también los artistas de la familia Molero. Nadia que baila al son que le toquen, sea un paso doble o una pieza clásica; el Señor Molero que es una adorable puerta a los secretos del pasado con un toque mágico y tintes de futuro, un hombre sabio y maravilloso que se queda en mi mente como un retrato antiguo de tiempos aciagos que se vuelve más valioso cada vez que se recuerda; y ni qué decir de los tres hermanos de Nad, que acogen al extraño como amigo y hacen del desconocido parte de la familia...
Madrid encendió las heladas cenizas sin la más minima intención y rompió la capa de hielo que el invierno en Leeds generó, haciendome pasar de la oscuridad a la luz por accidente al tiempo que saltaron chispas sólo con posar los ojos sobre otros ojos lejos de la existencia automatizada inglesa.
Cierto es que hay lugares que nunca olvidaré: cierta fábrica de pasta, Beckham en el Bernabeu, Sigüenza, Valdemorillo, el Escorial, el Retiro, Plaza del Sol, Km 0...pero es por sobre todo la gente, y ciertos mininos, los que hicieron de mi viaje a Madrid un paseo digno de memorar...y al cual desear regresar.

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