
Ayer me diste una rosa. En vez de sentirme afortunada e ilusionada como cualquier otra mortal se hubiera sentido me encontré triste, adolorida, sola. Reacción extraña para un evento que debió haber generado algo totalmente diferente; pero no fue lo que hiciste, fue cómo lo hiciste y el no saber por qué pero estar segura de que no fue por la razón que hubiera deseado.
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Si, me ofendí. Porque casualmente pasar junto a donde estaba, tomarla y dármela no califica como un detalle; porque más bien sugiere que lo que me das me toca porque sucede que estoy ahí y no porque quieres hacerlo; porque me lastima aceptar que es justo lo que me merezco por ilusa y por querer a alguien como tú.
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La rosa me quemó la piel y me dejó una marca en el corazón. Me hizo dar un paso más allá de la ilusión que labré frente a mis ojos y ver la realidad que se sucedía detrás, aunque bien sabía cómo pintaba. Al final, luego de segundos que me parecieron horas en los que las imágenes y las realidades se agolparon en mi mente hasta hacerla arder, regresé a donde estaba, aún con la rosa en la mano pero con tu ausencia llenando el espacio contra el que mi confusión estaba por arremeter con todas mis fuerzas...y la escondí, porque era lo más lógico que podía hacer, porque es lo que he venido haciendo desde que te conozco. La escondí no porque no quería que nadie la viera sino para preservarla, porque tenía miedo de que en realidad, como tú, ella no perteneciera conmigo y acabaran por llevársela.
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La rosa, y cómo llegó a mí, se convirtió entonces en la representación perfecta de nuestra relación: incidental, sin motivo ni fondo, bella y seductora pero carente de sentimiento o emoción; la demostración perfecta de afecto que, como todo en nosotros, evidencia algo totalmente distinto y retorcido y aún así deseable para mí. Se convirtió en el reflejo de nuestra relación porque como nosotros está ahí, evidente y viva pero con el tiempo contado, porque no hay rosa eterna y con su último aroma agoniza también lo que tuvimos y esperaba tuviéramos otra vez, tonta de mí.
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Esa rosa sucedió como nosotros, existió sin razón de estar ahí y se queda sin razón de ser, nada más que como un recordatorio, un monumento a eso que ya no debería olvidar pero no dejo de hacerlo, embelleciendo las ruinas de lo que pudo ser. Es además como tú, hiriente, llena de espinas, pero deseable, adictiva, porque la necesito como te necesito a tí, como necesito al aire.
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Al final la rosa se marchita pero el dolor no cambia, como tampoco se transforma lo que siento por ti mientras agoniza lo que éramos. Al final ella sigue aquí y yo sigo aquí con ella, pensando cuánto nos hubiera gustado que tú nos hubieras puesto en la vida de la otra por un mejor motivo; porque ahora somos amigas por las razones equivocadas: ahora la aprecio como el recordatorio de tus defectos y mis realidades y ella me aprecia porque ya no debe temer al olvido o al abandono.
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No, no puedo agradecerte la rosa pero te agradezco lo que ha traído a mi vida, porque con ella me has dado una razón más para alejarme de ti. Si tomo o no la salida, esa es otra cuestión...