
-Batman es el único superhéroe humano. No nació en otro planeta, ni lo mordió una araña radioactiva, tampoco es producto de una mutación genética, es sólo humano...y al final del día, cuando se quita su capa y se arranca la máscara vuelve a ser Bruce Wayne, el hombre, y vuelve a cargar con todos sus problemas mortales y a enfrentarse con sus miedos y heridas-.
Esta fue la brillante descripción que me dieron mis amigas cuando tocamos el tema de mi multifacética y compleja vida, una metáfora bastante halagadora y al mismo tiempo dolorosa de lo que según ellas es mi manera de conducir mi existencia.
Debo admitir que de tanto en tanto me gustó que me compararan con un superhéroe, un ser fuerte e indestructible que se enfrenta con la vida y le sonríe con suficiencia a la cara, pero émpecé a dudar en cuanto tocaron el tema de las vulnerabilidades. -Eres Bruce Wayne en más de un sentido-me dijeron ellas, -vives en la noche y proteges al débil con tu capa, pero debajo de esa máscara hay dolor y soledad, una soledad autoimpuesta porque sabes que quien sepa tu verdadera identidad formará para siempre parte de tu vida y temes el momento de la pérdida, el vacío de que dejará la inminente partida cuando el destino obliga al héroe a estar solo-, afirmaron, -quítate la capa y permítete quebrarte, permítete sentir, porque hoy no eres Batman, hoy eres Bruce Wayne y Bruce necesita llorar y gritar y estar en duelo por el amor que no puede aceptar, el amor que siente y cree que tiene que deshechar y negar- entre expresivas miradas, concluyeron.
¡Cómo me conflictuaba la idea de derrumbarme para construir una determinación! Yo nunca he sido la damicela frágil y recatada, nunca estoy sola si bien soy solitaria, y si bien yo no me sentía constantemente felíz, pensar en él, o más bien en la idea que me había hecho de él, o estar a su lado me daban un espejismo bastante similar. Pero pronto llegó la crisis anunciada en manos justamente de a quien yo fieramente defendía, poniéndome de rodillas, empujándome al límite, obligándome a ver y sufrir...y lloré, lloré triste y amárgamente, lloré pasiva y dignamente, y lentamente algo se rompió en mí...y algo nació también.
Luego de las sombras que diligentemente me encargué, como toda la vida, de hacerme más oscuras extrañamente la agonía, esa en la que venía respirando desde que me supe enamorada y condenada, desapareció y en su lugar vino furia que con cada latido se conviritó en pasión, una pasión por la fortaleza, por la determinación, por la conquista. No, un paso más allá de la lluvia ya no estaba la mujer enamorada, ella se ahogó en el desencanto, y en su lugar surgió otra vez la de la capa, con todo y máscara, con más heridas pero menos miedos, dispuesta a salir a la luz del día.
El recuento fue duro, el enfrentamiento con el espejo lo fue aún más, y aunque con la caricia del viento ardieron con más fuerza mis recuerdos también se secaron mis lágrimas permitiéndome encontrarme con ese reflejo que tanto tiempo había permanecido borroso en la ilusión de su presencia, en el que se notaba que si bien amoratada no estaba rota, nuevamente tenía ese brillo mordaz en los ojos y finalmente podía respirar por mí misma.
Soy lo que soy y no puedo desprenderme de mi alterego. Dentro de mí Bruce Wayne, a falta de un mejor nombre, aún lucha con sus demonios y se estremece recordando a la persona que amó; pero Batman o ¿Batgirl? ahora más segura y entera, no piensa dejar la capa ni sacrificar todo por lo que tan duro trabajó.
No, yo no me quiebro, yo sano de las cenizas, y mientras me encuentre una roca del espacio que me haga más fuerte o me muerda una araña radioactiva aquí seguiré, humana, mortal y presta para la batalla...
1 comentario:
Hola, Érika.
Supongo que hay personas que se sentirán ora como superhéroes, ora como seres muy vulnerables. Pero yo ni siquiera con un alter ego etéreo puedo dejar de sentirme tan frágil cual moribunda flor de cristal, a punto de ser deshojada por el viento. Jamás sería superhéroe, por más indestructible que parezca ser...
Que la fuerza te acompañe.
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