
Odio las primeras horas de la noche. Esa interminable sucesión de minutos que cierran las paredes a mi alrededor hasta que sólo hay espacio para mí y mis recuerdos.
Odio a mi corazón. Esa parte de mí que obedientemente había entendido que no tenía uso ni razón hasta que él apareció en mi vida y lo condenó a amar.
Odio al viento. Ráfagas que solían aliviar mis tristezas y dar alas a mis sueños y que ahora me azotan con crueles rastros del aroma que lo acompañaba.
Odio la música. Amiga y pasión que marcaba los latidos de mi vida y que se convirtió en su cómplice desbordando memorias y emociones malditas.
Hoy me castiga lo que me alegraba: aquellas primeras horas de la noche que nos abrigaban; mi corazón que en su magia se ensanchaba; el viento que de romanticismo nos embriagaba; la música que nos enamoraba...
Hoy odio todo lo que amaba: a él lo odio por no poder odiarlo, lo odio por no poder olvidarlo, porque aún lo extraño, aún le lloro, aún en mis silencios y sollozos lo llamo; a él, a él lo odio por aún amarlo...
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