El año se va con dignidad dejando una huella positiva, dejando un camino limpio para el que lo sustituye, vigoroso y brillante, joven y prometedor, cargado de las oportunidades que me he ganado luchando cada día del año que ahora me deja.
Ahora soy un poco más grande, más madura y más yo. Ahora yo no me ilumino con el brillo de lo nuevo como el año joven, sino con la luz del aprendizaje y el reconocimiento, iluminando por mí misma el camino que he de recorrer. El año nuevo también huele a lluvia, pero yo he aprendido a bailar en ella, también huele a despedidas pero he aprendido a que no duelan y huele también a sueños, muy diferentes de aquellos que están guardados en cajones y vidrieras.
El año que se avecina huele a glamour, a una nueva vida, a canciones e ilusiones, fantasías y sinsabores, a toda una vida que me ya ha esperado bastante por mí.
Dicen que algo tiene que irse para que su lugar lo ocupe algo nuevo, y es una verdad que abarca muchos aspectos de mi vida, porque el corazón, como la razón ya no pueden ni quieren conformarse y es hora de emigrar mientras el tiempo pasado aún sea tiempo invertido y no perdido sin esperanza de recuperar.
Este año no fue sencillo. Hubo muchas batallas (casi todas dentro de mi misma), muchas tormentas...pero también muchos días soleados y valiosas lecciones. El año aún no se acaba, y con sus últimos latidos aún trae sorpresas y aún sana heridas.