lunes, mayo 10, 2010

25 días.

La vida es eso que sucede mientras una hace otros planes, y lo bello de esto es que es capaz de sorprenderte y nunca dejarte ser la misma.
Hace un par de meses yo estaba en un punto donde la obstinación me tenía atada a un amor ingrato y me cegaba de todo lo que sucedía a mi alrededor, y luego se apareció él...
En tantos años de pasos y experiencias, no he logrado averiguar la fórmula para saber cómo o por qué hay relaciones que se quedan, evolucionan y florecen, y hay tantas otras que se secan antes de siquiera comenzar, o se atascan y se niegan a avanzar.
De todas las veces que he caído por el mismo tipo de niño poco interesado en nada más que en sí mismo, el mismo tipo de hombre narcisista y patán, aprendí que yo no era capaz de sostener una relación más o menos funcional y constructiva, para luego darme cuenta que todo lo que sabía o creía saber estaba mal.
Donde siempre he encontrado paredes y piedras, con él encontré fluidez y espacios abiertos, libertad en su compañía, aunque tuve que aprender a saborearla. Yo que sólo pensaba en un experimento de un par de meses, me encuentro ahora rogándole al tiempo que vuelva, que se detenga y no se lo lleve; rogando a la vida su empatía.
El final estaba escrito desde el principio y los dos entramos en esto con conocimiento de causa, advertidos y alertas, pero aún siendo personas fuertes e inteligentes, no hubo nada que hacer cuando se vio que estábamos destinados a encontrarnos, cuando vimos lo bien que encajábamos.
El corazón duele con esta crónica de una muerte anunciada, con la noción de que sólo nos queda esperar el momento de la despedida para luego encausarnos en un recordar continuo hasta que el tiempo y la distancia, las nuevas personas, acaben por diluir esto que hoy llena el alma.
Aunque duela, y dolerá aún más, me queda la convicción de que por una vez en la vida él vale mis lágrimas y me ha dado mucho más de lo que se lleva, quiera la vida que algún día las fichas se muevan para volvernos a encontrar.
Qué triste e irónico es toparte con que darías todo por mantener vivo eso que desde un principio estaba condenado a terminar. Qué increíble que algo tan cortito sea tan intenso y llene de tanta vida, de tanta esperanza, traiga tantas ganas de amar, de vivir. Asombroso cómo puede haber adiós sin despedida, sin heridas; cómo puede haber felicidad sin reglas ni etiquetas, nacida de la única tarea de abrirse y disfrutar lo que venga.
Me quedo con tantas cosas de él, tantos recuerdos, tantos besos y tanto cariño; se lleva parte de mi corazón y todo mi deseo de que sea feliz y toda mi voluntad de que se quedara conmigo... mi dicha agoniza, le queda tan sólo 25 días, pero lo que me dió, lo que vivimos, lo que gozamos, eso durará una vida...