Estás ahí, otra vez en el tejado, maullando al hombre de otra.
Estás ahí, otra vez en el tejado, esperando tu oportunidad para entecarte en las piernas de la pareja de alguien más.
Te ofendes si te echo agua desde mi ventana en mi derecho de ponerte en tu lugar; aparentas confusión, porque quieres que mientras ronroneas y arañas, yo te crea una paloma.
Dime gata arisca por qué si tu intención no es llenar de pulgas mi relación, si en realidad ya olvidaste todo intento de probar la crema ajena, buscas mantener al tanto a mi hombre de todos tus movimientos.
Dime gata callejera por qué si según tú ya tienes caja de arena en otro lugar y no tienes nada de interés en los brazos que me han de abrazar, insistes en mantenerte en contacto con él.
¿Acaso aparte de clase o cerebro tampoco te tocó un poco de vergüenza, decencia o mínimo algo de ética? Tal vez no en el barrio bajo ese del que vienes, pero en el mundo de aquí afuera, entre gente civilizada y educada, una sabe respetar lo ajeno y mantenerse alejada de lo que no le pertenece.
Y es que hay que ser muy ladina y corriente para no entender que si ya te le embarraste al hombre de otra mujer, y según tú lo hiciste sin intensión aunque acabas aceptando tu dolo y pidiendo perdón, no tienes derecho a intentar permanecer amiga de él, mucho menos si se supone que estás enmendándote con la amiga a la que traicionaste.
Te invito entonces a que te des la vuelta y te vayas a exhibirte a otro tejado, que tú y yo somos clases distintas de mujeres pero también puedo ser felina y vaya que sé pelear; y de una vez te advierto que te vayas con cuidado gatita vulgar, que como pantera que ya tuvo tiempo de lamerse las heridas, ni siquiera me escucharás venir.

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