Todos andamos el camino sorteando las pruebas que nos pone la vida. Algunas veces tenemos que tropezar varias veces con la misma piedra para aprender cómo seguir adelante, otras veces tenemos que usar la inteligencia para entender que caminar hacia atrás podría ser la única forma de luego volver a andar hacia adelante.
Yo entendí hace muchos años que asistir al mismo recinto cada domingo, tan lleno pero tan vacío, no iba a ganarme el cielo; aprendí que esa fuerza poderosa que nos empuja, nos une y nos resguarda no está en ningún libro, rito o confesión, porque vive dentro de mí. Así, el amor, la rectitud y la honestidad se convirtieron en mi religión y mi fuerza interna constituyó mi única fe.
Los azares del destino me llevaron a escalar montañas y adentrarme en el misterio de una aparición divina, donde, de la mano del amor, el corazón hizo votos solemnes y la cabeza lanzó la súplica de un adiós sin heridas.
Cómo es la vida que el día que se puso el sol, me presentó la luna, de alguna manera respondiendo a mis ruegos.
Hoy ha pasado un año desde aquel día en el que la plata, y no el oro, empezó a ganarse un lugar en mi corazón. Hoy es el primer día desde que acepté que la luna es hoy por hoy el astro rey; hoy es la primera vez que me enfrento a la realidad de que tendré que vivir en un día sin sol, pero además, en una noche sin luna.
Maldito corazón que no sabe hacer otra cosa más que amar. Maldita cabeza que no podía dejarme vivir más tiempo en mi engaño. Maldita yo, que tuve que hacer lo necesario en vez de lo deseado, tan solo para encontrarme con un muro de cristal desde el que veo lo que quiero y no puedo tener.
Yo, por miedo a desafiar al corazón elegí quedarme con lo que atesoro. Decidí pagar el precio por un poco más de tiempo aún sabiendo que son horas a medias, que son caricias envenenadas, que renuncié a la paz por el sonido de su voz, el roce de sus labios y la pequeña esperanza del mañana.
El plantar cara y levantar la barbilla me postró de rodillas. Hoy refugié mis tormentos en el último lugar en el que me encontrarían y embotellé mi alma en lágrimas que dejé en manos de la virgen; rogué por respuestas y fuerza; me encaminaron hacia el mandato del tiempo.
Hoy, me juré que saldría adelante y tomé el camino menos fácil por doloroso que llegue a ser; dejé de huir de las heridas para llevar con orgullo sus lecciones; me decidí por él y por el tiempo; hoy me decidí por mí, por encontrar la resignación y el olvido: hoy, marcando la señal de la cruz sobre mi frente, con mi honor, mi orgullo, mi fuerza y mi entereza, en silencio mi salvación pacté.