Aquella noche me dormí por no hacer nada. Aquella noche abofeté la sensatez y callé los sollozos de la dignidad aplastada, guardándolos cuidadosamente en la añoranza del cambio.
Aquella noche fue el primero de muchos pasos que di medio muerta, medio perdida, en el fondo esperando esa voz en el espejo que me llevara a la realidad; esa en la que era yo y no un ser tan familiar y desconocido, quien pusiera el ritmo a mis andares.
Todo dio un vuelco y se borró la barrera de lo imaginario, se confundió el anhelo, la mentira y lo ordinario, mientras las voces a lo lejos cantaban verdades que era yo incapaz de descifrar, hasta que pasaron los días, los meses y el tiempo se convirtió en años tirados a desperdiciar.
Y entonces sucedió que me picó el aguijón del orgullo, de la razón, esparciendo ese veneno tan sano para quien lo bebe. Y esta noche abrí los ojos y me topé con verdades tan absurdas que rayaron en lo hirientes. Y esta noche abrí la boca, grité mi guerra, destrocé cadenas y boté la basura que se había convertido en el somnífero de mi mente.
Qué distinta es la vida cuando se ve sin desencanto! Qué distinto es entender de resignarse! Qué distinto decidir a conformarse!
Ahora sé que no era yo errores, sino ganas de creer.
Ahora sé que amar no debe doler y debe respetar.
Ahora sé que poco vale quien no persigue el deber por ser débil al poder.
Ahora sé que los celos no eran sino el instinto de que no podía confiar.
Ahora sé que más vale exigir que callar por miedo a perder.
Ahora sé que no importa que perdiera, porque ya me viene la hora de ganar.
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