Hace unos días, bueno semanas, me invitaron a tener mi propia columna en un periódico online. La idea me encantó desde luego, porque escribir es una pasión que me ha acompañado desde niña, pero entonces llegó el condenado pánico que me ha tenido inmóvil todo este tiempo.
Empecé a buscar de qué escribir. No quería escribir sobre política porque todo el mundo habla y nadie sabe realmente de eso; no quería escribir de género porque, aunque de ideas esencialmente feministas, no ando por la vida preguntando por qué él sí y yo no; no quería escribir sobre economía porque a duras penas y recuerdo más allá de la oferta, la demanda y el concepto ese de que todo vale de acuerdo a lo que signifique para tí y estés dispuesto a pagar (nótese que no recuerdo el nombre).
Empecé entonces a buscar entre mis posts del blog y llegué a la conclusión de que tampoco me sirven, porque no son más que la representación literaria de la parte de mi esencia que es romántica.
Notar que pasar el 80% de mi día en un trabajo opresor, aburrido y automatizado me ha secado la inspiración es una tragedia; me pesa tener que desempolvar las ideas y afilar la conciencia, pero habrá que hacerlo, porque ese espacio lleva mi nombre y para una mujer con tantas opiniones y tan inclinada a la crítica no existe nada peor que no encontrar nada bueno que contar.

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